Todo esto viene a cuento por la aparición, en la sección de opinión de El Correo, de un artículo escrito por un profesor de moral social cristiana, con el título “¿Cuánto dura la bondad humana sin Dios?” y sobre que las personas en peores condiciones cuestionan mi vida segura. El artículo comienza con la cita de una frase de Umberto Ecco “Sin miedo no puede haber fe. El que no teme al demonio ya no necesita a Dios” y, a continuación, hace un análisis sobre las reivindicaciones de los “maltratados por la sociedad” hacia los que se encuentran en una situación de privilegio, reflejando que esta situación se da por los abusos de estos últimos. Como en el caso del guía de Estambul yo estoy al 100% de acuerdo con esto pero la última parte del último párrafo, en el que dice “cuando los más necesitados del mundo nos reclaman los derechos de su dignidad y cuidado, sin Dios es fácil que nos falten razones para ser tan justos como la vida requiere; y tan generosos menos todavía”, desde mi punto de vista está muy lejos de la realidad y por eso voy a intentar explicarme.
Los representantes de Dios en la tierra son la llamada “jerarquía eclesiástica” (se supone que creen en Dios y lo consideran un apoyo para ellos) y estos, salvo honrosas excepciones, han estado siempre, a lo largo de toda la historia, al lado de los poderosos en todas las religiones, sean monoteístas o politeístas. Desde mi punto de vista uno de los motivos más importantes del desastre que es en la actualidad Oriente Medio es la aparición, en él, de las 3 grandes religiones monoteístas (Judaísmo, Cristianismo e Islam) que, a pesar de compartir un importante número de santos y profetas, han mantenido una guerra fratricida a través de los siglos, afirmando todas que su Dios es el único verdadero y triturando a los que creen otra cosa.
Igualmente, si nos acercamos más en el tiempo y espacio hasta la Iglesia Católica actual de España, nos encontramos como, aprovechando una ley injusta, se han apropiado (robado) de múltiples propiedades (no sólo lugares de culto), incluidas la Catedral de Sevilla y la Mezquita de Córdoba, que les generan una cantidad de millones importante derivados de las visitas turísticas. Parece que a éstos, supuestamente tan cerca de Dios, también les faltan razones y les resulta difícil ser justos cuando los necesitados del mundo nos reclaman los derechos de su dignidad y cuidado. Además la Iglesia proclama la caridad cristiana (mísera aportación del que tiene mucho, conseguido no se sabe como) derivada de lo buenos que son y se olvida de lo que significa la solidaridad basada en los derechos de todos los miembros de la sociedad por el mero hecho de serlo.
]]>Hoy nos vamos a centrar en dos que me han llamado la atención y han despertado en mí las ganas de escribir y opinar sobre ellos.
El primero pertenece al Papa Francisco: el sábado 21, en el programa ”Lo de Évole”, Jordi le entrevistó “on line” para hablar de la pandemia, de sus opiniones del momento y de lo que le diría a la gente y la verdad es que me sorprendió con sus contestaciones; fue capaz de reconocer que, a lo largo de su vida, había tenido momentos con dudas de fe e, incluso, llegó a pronunciar la palabra solidaridad en lugar de la manida caridad cristiana. Mi primera impresión fue la percepción de un gran avance, en una de las instituciones universales más conservadoras, puesto que nunca había oído a la alta jerarquía de la Iglesia manifestarse de esa forma; con el reposo y la reflexión que da el tiempo mis expectativas se mantuvieron en el comentario de las dudas de fe y menguaron en el tema de la solidaridad quedando, en él, el “gran avance” reducido a un avance sin más. Con todo el respeto del mundo, similar al que siento por cualquiera de los mortales de este planeta, me gustaría trasladarle a Francisco unas reflexiones de lo que significan para mí esas dos palabras tan distintas, aunque muchos crean que son sinónimas, LA CARIDAD Y LA SOLIDARIDAD.
Si nos dirigimos a un creyente del cristianismo y le preguntamos que significa para él la caridad tendremos muchas posibilidades de que nos conteste que es una de las virtudes teologales, pero habitualmente no va a profundizar más o, como mucho, te va a decir que ayudar a un necesitado en un momento concreto es practicar la caridad cristiana, pero su concepto no va más allá; no se plantea el futuro de esa persona y como puede solucionárselo, simplemente busca ayudarle en ese momento concreto y siempre desde la vertiente de su bondad y sus posibilidades superiores a las de él. Por supuesto que en ningún momento se le ocurre plantearse si él ha colaborado, con su actitud activa o pasiva, para que esa persona y muchas más estén en esa situación de necesidad; en definitiva está olvidando la definición de caridad (amar a Dios y al prójimo como a nosotros mismos) con la cual se aproximaría un poco más a la solidaridad.
La solidaridad lleva consigo un concepto nuevo; ser solidario es ser corresponsable del funcionamiento de la sociedad y de defender el derecho de todos sus miembros a tener una vida digna y la posibilidad de desarrollar, al máximo, todas sus posibilidades, aunque esté a mucha distancia física de ti y aunque eso signifique que tus ingresos económicos sean menores. Para mí ahí es donde se quedó corto Francisco, habló de solidaridad en este momento con respecto al coronavirus pero, para haber llegado a un gran avance tendría que haberla hecho extensiva a todos los países origen de la emigración (forzada por la esclavitud a la que la civilización occidental, a través de sus intermediarios, somete a sus habitantes) que llega a Europa de forma masiva todos los días. Reconozco que hacer eso, con la audiencia que puede generar, resulta incómodo y difícil pero creo que es lo mínimo que se debería pedir a una persona que se encuentra al nivel de relevancia mundial en el que está él.
El segundo comentario es de Pepa Fernández, en su programa de RNE1, y también se refiere al tema del coronavirus; se refiere a él diciendo que es democrático pues afecta a todos y no existen fronteras que lo paren. En primer lugar me gustaría decir que este virus no afecta igual a todos, castiga mucho más a los indefensos y esos no son precisamente los ricos; en segundo lugar me gustaría oír algo de crítica con la teórica igualdad de oportunidades de desarrollarse de los ciudadanos en la democracia y de la falsa igualdad ante la ley (no olvidemos que el Rey es inviolable y que en este país hay unos 18.000 aforados para cualquier vulneración de la ley frente a un máximo de tres en los países europeos similares a nosotros).
Como podéis ver los comentarios que se hacen ante los medios de comunicación, en momentos como éste, pueden pasar desde los valiosos hasta los que se quedan cortos y, por fin, los que son totalmente falsos, posiblemente hechos para intentar demostrar una relevancia intelectual superior a la de los ciudadanos normales.
]]>Vamos a ver si soy capaz de explicar con claridad como lo entiendo yo:
LA CARIDAD, que casi siempre la hemos acompañado, en nuestro entorno, de la palabra cristiana, aunque yo creo que es indiferente, se puede entender como un acto de ayuda a una o unas personas y normalmente es practicada con un carácter paternal, vamos un poco por que te da pena y como tu eres muy generoso y puedes, le ayudas; habitualmente el pensamiento de que el necesitado tiene derecho (por la sola pertenencia a la sociedad) a esa ayuda ni se pasa por la imaginación: si utilizáramos la terminología política estaríamos hablando de un acto de derechas. Ese acto, en principio bueno, no implica que en los del resto de tu vida el comportamiento sea impecable; incluso puede ocurrir que esa persona o personas a las que has ayudado estén en esa situación por acciones anteriores tuyas.
LA SOLIDARIDAD, desde el enfoque que yo creo se le debe dar, va un gran paso más allá; no piensa en la individualidad como la caridad, si no en el colectivo y su enfoque parte de que todos los que formamos parte de una sociedad y participamos con nuestro esfuerzo en su funcionamiento y evolución tenemos el derecho de que, en momentos concretos de necesidad, el resto de los miembros nos eche una mano hasta que cesen las dificultades. Ser solidario es reconocer la necesidad de un convecino y ayudarle asumiendo que tiene derecho a reclamarlo por el mero echo de pertenecer a la sociedad; incluso voy más lejos, personas que perteneciendo a otras sociedades llegan a la nuestra como consecuencia de las injusticias y persecuciones (la mayoría de las veces consecuencia de nuestra rapiña) también tienen derecho a reclamar nuestra ayuda. Si utilizáramos la terminología política en este caso estaríamos hablando de un acto de izquierdas y aquí no hablaríamos de generosidad si no de derechos.
LA JUSTICIA SOCIAL, a la que, en los momentos actuales podemos calificar del culmen de la evolución puesto que sería la plasmación en leyes de todos esos derechos de los que hemos hablado en la solidaridad. El llevarlo a la práctica no es nada fácil puesto que la lucha por el dominio económico de los ricos y poderosos pone muchos palos en la rueda para evitar que los avances se produzcan; eso ha sido así a lo largo de toda la historia y ya hace 2000 años, en su obra “SOBRE EL AMOR POR LA RIQUEZA” lo decía Plutarco “la avaricia es el único vicio que lucha por no satisfacerse”. “Si vemos a una persona que come o bebe sin cesar llamamos a un médico por que pensamos que está enfermo pero si acumula y acumula dinero sin límite no hacemos lo mismo”. Esas son las personas que impiden, o al menos dificultan, la evolución que nos debería llevar hacia una justicia social como la que hemos descrito.
Antes de terminar quiero aclarar que no estoy hablando de una sociedad igualitaria sino de igualdad de oportunidades, en la que por el mero echo de pertenecer a ella, cualquiera de sus miembros (sea económicamente fuerte o con pocas posibilidades económicas) tenga las mismas opciones de desarrollar el recorrido vital que su inteligencia y esfuerzo le permitan; siempre como un derecho y con el máximo respeto. En definitiva que la potencia económica familiar nunca sea un lastre en el desarrollo de las personas.
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