Hay una frase de CICERÓN (vamos de hace cuatro días) en la que dice “Permanecen las capacidades en las personas mayores si permanecen el interés y la ocupación, y no sólo en las ilustres sino también en las de vida sencilla y sosegada”. En estos momentos, justificado o no, a una parte muy importante de la sociedad en que vivimos le ha desaparecido uno de los dos factores esenciales para que se cumpla la afirmación: LA OCUPACIÓN. Si a ello añadimos que con el aislamiento se rompe la forma de vida a la que estamos acostumbrados es fácil de comprender que el INTERÉS por evolucionar, ser críticos y pensar por nosotros mismos vaya disminuyendo en proporción al aumento del tiempo que dedicamos a estar delante de las pantallas “tragándonos” toda la manipulación informativa que a los poderosos, sea política o económicamente, les interesa inyectarnos en cada momento en aras de su propio beneficio.
No olvidéis nunca algo que yo no he oído decir a nadie pero que cada vez veo más claro: cuando todo esto termine nos habrán “caído encima unos cuantos años de más”, y no cronológicamente sino que habremos envejecido en el verdadero sentido del verbo envejecer (pérdida de capacidades para desarrollar una vida autónoma y de calidad). Si nos dejamos llevar por la inacción nuestra mente, en breve tiempo, habrá perdido una gran parte de su capacidad de análisis y crítica y a nuestro cuerpo le pasará lo mismo, cada vez estará menos dispuesto al esfuerzo que significa el hacer ejercicio sustituyéndolo por la comodidad de un sofá y un aumento de las horas de sueño. Y esto que estoy contando no es una entelequia, yo lo he visto claramente en un gran amigo de 84 años que al comenzar de la pandemia, a pesar de sus pequeñas lagunas mentales, se daba todos los días un paseo de varios kilómetros hasta las afueras de Vitoria totalmente autónomo y, después del primer confinamiento, ya no podías dejarlo a cien metros de su casa porque era incapaz de encontrarla; lo que significaba para su mente los estímulos con los que se encontraba y le hacían recordar y pensar había desaparecido y la evolución hacia la atrofia de las sinapsis neuronales se había acelerado. Nunca lo olvidéis, haced trabajar a la mente y al cuerpo (aunque eso os suponga un esfuerzo) y vuestra salud mejorará y la CAPACIDAD del uso de vuestra mente se mantendrá haciendo que el envejecimiento sea más lento.
Hoy no quiero entrar en el análisis de la gestión de esta etapa por parte de los políticos y de la manipulación de los medios de comunicación con su retransmisión en directo pero si quiero hacer hincapié en dos cosas que yo creo que inciden manifiestamente en todo este proceso de pérdida de capacidades: 1-LA JUBILACIÓN Y 2-LAS RESIDENCIAS DE ANCIANOS.
Como sabéis soy un gran admirador de Nelson Mandela y ya le he dedicado algún escrito anterior en el que lo reflejo pero, a pesar de mi admiración por su sacrificio y esfuerzo, reconozco que necesitó de ayuda para alcanzar su ideal; en todo caso si, después de una sangrienta guerra, la etnia negra hubiera llegado a tener el poder, la teórica Sudáfrica resultante seguramente no tendría nada que ver con la actual y eso era lo que yo me temía en aquellos difíciles momentos.
La primera pregunta es ¿por qué el país está donde está y no en la situación de otros muchos del cono sur africano? Para mi no cabe duda alguna de que se ha debido a uno de esos milagros que, sin saber por qué, ocurren muy de vez en vez a lo largo de la historia; por un lado Nelson Mandela era capaz de poner encima de la mesa incluso su vida si hubiera sido preciso, a cambio de nada, para defender sus ideales y por otro Frederik de Klerk que, como un visionario, fue capaz de entender que era lo mejor para el futuro de todo su país y para conseguirlo renunció al poder absoluto que le daba la presidencia y los dos juntos consiguieron transformar a Sudáfrica de una dictadura racista en una democracia multirracial y todo a través de un proceso pacífico y en muy poco tiempo. Por todo esto ambos recibieron juntos el Premio Príncipe de Asturias y el Premio Nobel de la Paz.
Hasta aquí el relato de los hechos pero si ahora hacemos la segunda pregunta ¿quién consiguió para Sudáfrica la democracia y eliminó el régimen racial? yo les aseguro que prácticamente el 100% de los encuestados diría que Nelson Mandela y si ampliáramos la pregunta con ¿quién es Frederik de Klerk? también prácticamente el 100% pondría cara rara e incluso algunos dirían que es un jugador de futbol holandés. A que ahora ya entendéis el por qué del título de la reflexión y como la falta de capacidad de reconocimiento social puede ser capaz de borrar de la historia a personas que se han esforzado para que ésta sea mejor en el futuro.
La segunda situación también sucedió en Sudáfrica, en 2010, cuando España se proclamó campeón del mundo de futbol. Si, en este caso, hacemos la pregunta del millón ¿a quién debe ese título España? seguro que el 100% diría que a Iniesta y su gol; seguro que todos se olvidarían del resto de sus compañeros incluyendo al que resultó imprescindible (Casillas) al parar un penalti en los últimos minutos de la semifinal con Paraguay y evitó el gol dos veces cuando Roben se quedo sólo ante él en la final. Sin el gol de Iniesta se podría haber ganado en los penaltis finales pero sin las paradas de Casillas nunca se habría podido llegar a ellos y España no tendría el título.
Como podéis ver es una situación de olvido similar a la anterior aunque hay que reconocer que de una trascendencia que nada tiene que ver con ella. Estas son las dos que han venido a mi memoria pero, con un poquito de esfuerzo, seguro que podemos encontrar muchas más. QUE VAYA BIEN A TODOS LA SEGUNDA FASE DE LA DESESCALADA.
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Se ha completado una dura “desescalada” cuya preparación costó más de una semana de discusión para decidir como tenían que empezar a salir a la calle los niños, dando por supuesto que son los más afectados, en este tipo de situaciones, y los que más están sufriendo; a pesar de ello no fueron capaces de ponerse de acuerdo en el tiempo, la distancia, la compañía, ni en lo que debían hacer: vamos a hacer una valoración lógica, no del cómo de la salida sino de la decisión de que fueran ellos los que iniciaran el proceso. Yo recuerdo lo que significaba para mi generación el estar aparcados en casa sin poder jugar con los compañeros, cuando eso era la única opción de liberar energía, pero también soy consciente (tengo nietos de esas edades y pasan tiempo con nosotros en verano) de lo que en la actualidad es más importante para ellos y a través de lo que establecen la mayoría de sus relaciones (EL TELÉFONO Y LA TABLET) y mientras lo tengan a mano, en su dosis habitual, estoy convencido de que la repercusión mental que puedan sufrir es mucho menor de lo que se ha estado proclamando; además la plasticidad de su joven cerebro les permite una gran adaptación a todas las nuevas situaciones, por muy opuestas que estas sean. Otra cosa es que sea el grupo que tiene menos posibilidades de contagiarse y contagiar, significando un menor riesgo de rebrote.
Sin que signifique “ahora te quito a ti para ponerme yo” yo creo que hay otro grupo que debería haber empezado cuanto antes, aunque desde opiniones expertas siempre se haya justificado que, para preservar su salud y evitar riesgos, no debía ser así (LAS PERSONAS DE EDAD AVANZADA). Desde mi punto de vista han sido los más afectados mentalmente pues muchos de ellos ya tienen fallos de memoria que van paliando por el simple echo de mantenerla activa con los estímulos exteriores (aunque sólo sean visuales) que les inducen a recordar y a pensar; todo esto hace que las sinapsis neuronales se deterioren menos y sus déficits avancen con más lentitud; por el contrario al estar permanentemente en casa, sin estímulos externos y con más horas de sueño, el deterioro se acelera. Si a todo esto añadimos que su plasticidad mental ha desaparecido, la recuperación posterior es prácticamente imposible. Además ni siquiera en las comparecencias del Presidente del Gobierno fueron mencionados como colectivo al que ayudar a intentar evitar un deterioro irreversible.
Toda esta forma de actuar ha afianzado aún más en mí el convencimiento del maltrato que esta sociedad está dando sistemáticamente a los por ella llamados peyorativamente “viejos”. Nada más tenemos que hacer un pequeño recorrido para ser conscientes de ello; en cuanto se cumplen los cincuenta años y te quedas sin trabajo, las posibilidades de encontrar uno nuevo son absolutamente nulas y, si tienes la suerte de tenerlo fijo, harán lo imposible para quitarte de en medio (haciéndose cargo de la mayoría de los gastos la Administración a través de las jubilaciones anticipadas) y sustituirte por otro de mucho menos costo o bien amortizar tu puesto. Por supuesto que en ningún momento se plantea nadie una valoración periódica de las capacidades para poder continuar trabajando (si el trabajador quiere) y así eliminar lastre al sobrecargado sistema de pensiones; todo el mundo se olvida de que, desde el punto de vista constitucional, la jubilación es un derecho, nunca una obligación a no ser que una incapacidad física o psíquica para realizar el trabajo te impida desarrollar tu actividad.
Si seguimos más adelante (en edad) y hacemos un repaso por las sociedades que nos precedieron, en ellas el núcleo familiar se hacía cargo del esfuerzo que significaba el cuidado de las personas mayores, considerándolos los más respetados del colectivo, en los últimos momentos en que perdían totalmente la autonomía; hoy en día, a la mínima oportunidad, un porcentaje alto de ellos, aunque sean autónomos, van a parar a residencias (sin valorar las deficiencias que estas presentan) en las que llevan una vida prácticamente vegetativa hasta el desenlace final. Nada más hay que fijarse un poco en el porcentaje de contagios y muertes que les han afectado en comparación con el resto de la población.
Y ahora, en los que han conseguido salir adelante, yo no he sido capaz de ver el más mínimo esfuerzo por parte de nadie para intentar evitar que el tiempo que les quede, sea mucho o poco, lo pasen como si fueran unos auténticos zombis; en realidad, por lo que se ha visto, lo único por lo que se sienten ofendidos es por no poderlos despedir “dignamente” (sin haber luchado antes para intentar evitar esa muerte).
¿Entendéis ahora el por qué de este escrito? ¿Cuándo ha empezado realmente esta dinámica? ¿Por qué estamos perdiendo el caudal de experiencias que una gran parte de estas personas pueden aportar a la sociedad? ¿No sería lógico que, cuando menos, pudieran guiar la formación de la siguiente generación? Podríamos continuar haciéndonos preguntas pensando que con ello vamos a conseguir una actitud positiva por parte de la sociedad, pero mi impresión es que, aunque recuerdes a todos los jóvenes que ellos son las siguientes víctimas de este sistema, no se va a conseguir cambiar absolutamente nada.
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Si a todo esto, que se puede considerar solidaridad en el esfuerzo a favor de la colectividad, sumamos el que no paran de repetir que el momento actual ha despertado un gran sentido de solidaridad y que esto nos va a cambiar de cara al futuro os podéis imaginar la velocidad con la que me han entrado las ganas de ponerme a escribir sobre el tema.
Estoy totalmente de acuerdo con que todo lo malo que está afectando a la sociedad mundial estos meses está despertando una parte de la solidaridad perdida, pero sólo en las personas “de a pie” y mucho me temo que una vez que pase el peligro, y no consideren necesaria esa unión, cada uno vaya a lo suyo y sigamos como si esto no hubiera ocurrido. Donde no he visto absolutamente ninguna solidaridad es en los políticos, sean de la ideología que sean y pertenezcan al país que pertenezcan. A toda esa casta sólo les importa aquello que les beneficie electoralmente y si piensan que utilizar políticamente un momento difícil para la sociedad como éste a su favor lo hacen sin el menor remordimiento. Pensemos en las actitudes de Trump (en EEUU), Holanda, Alemania (en Europa) y todos los partidos españoles (en nuestro ámbito); todos mienten y acusan al otro en lugar de unirse, poner soluciones encima de la mesa y llegar a un acuerdo de actuación que facilite la salida de este túnel y una mejora de las condiciones de vida de toda la sociedad.
En ningún momento se les ocurre fijarse en la naturaleza y hacer una valoración de lo que consiguen los animales (llamados irracionales) yendo todos unidos en pos de un fin bueno para todos ellos. Nuestra sociedad (habitada por animales racionales) es incapaz de hacerlo. A mi me está carcomiendo una duda: ¿NO SERÁ PRECISAMENTE POR SER RACIONALES?
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A lo largo de toda mi vida profesional he sido testigo, en primera línea, del concepto que la sociedad tiene sobre los médicos; los coloca en el altar con una aureola de “medio dioses” (y no son sólo las personas de formación limitada sino gente de alto nivel intelectual que lo justifican con que jugamos con la salud y eso no es comparable con ninguna otra actividad). También a través de toda mi vida profesional he intentado convencerles de que están en un error, que el médico es un profesional como el resto (quizás más meticuloso porque los fallos casi siempre son irreversibles), pero no he podido conseguirlo.
A lo largo del tiempo que llevamos soportando el coronavirus estoy visualizando una serie de actitudes que, desde mi punto de vista, no son precisamente las más oportunas: 1- Desde el primer momento ha estado en manos de los medios de comunicación la gestión de la trasmisión de la información al ciudadano y, estos, se han dedicado a hacer una retrasmisión en directo, recabando cada uno la opinión de diversos “teóricos” expertos, que han generado un auténtico caos e incluso pánico en la mente de los ciudadanos. 2- Paralelamente ha incidido machaconamente en subir más alto, en el altar, a los profesionales sanitarios, olvidándose que simplemente están haciendo su trabajo aunque en estos momentos pueda resultar menos agradable que habitualmente. 3- Por último se ha oído incesantemente que esta situación nos va a cambiar y que, posteriormente, vamos a ser más solidarios pero se preocupan mucho de individualizar lo importante que es cada grupo con lo que esto lleva consigo.
Como podéis suponer yo no estoy de acuerdo con la gestión de ninguno de los puntos: en el primero, los medios de comunicación se amparan en el derecho a la libertad de información pero hay momentos, como en el que nos encontramos, en los que, a pesar de ser un ardiente defensor de dicha libertad, su abuso puede generar un daño importante al conjunto de la sociedad, daño derivado de la imposibilidad de interpretar por parte de personas no cualificadas (en un momento de sensación de riesgo personal) la riada de informaciones técnicas. En el segundo ya he dejado clara mi forma de entenderlo a lo largo de este escrito y en cuanto al tercero me gustaría hacer una reflexión en párrafo aparte.
Sería maravilloso, e incluso habría valido la pena sufrirlo, si al terminar este desastre verdaderamente apareciera entre nosotros una solidaridad sincera que hiciera esta sociedad más justa, pero no pinta bien porque ya se está tratando toda la información con individualismo (ningún grupo nos va a sacar de aquí, por si mismo, sino que lo va a hacer el colectivo de la sociedad en su conjunto). ¿Os imagináis que dentro de unos meses todos los ciudadanos van a dar siempre las gracias cuando paras el coche para respetar el paso de cebra o cuando le cedes el paso en un lugar estrecho? o ¿te van a pedir el paso por favor en lugar de empujar o perdón en determinadas situaciones conflictivas?. Y, si os dais cuenta, estas son las situaciones fáciles, sin costo alguno; imaginaros cuando lo que esté en juego sea un montante económico. ¿Entendéis ahora la utilización del tiempo verbal condicional empleado con Madiba y por qué aún no se le ha visto bailar sonriente en el cielo?
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Hoy nos vamos a centrar en dos que me han llamado la atención y han despertado en mí las ganas de escribir y opinar sobre ellos.
El primero pertenece al Papa Francisco: el sábado 21, en el programa ”Lo de Évole”, Jordi le entrevistó “on line” para hablar de la pandemia, de sus opiniones del momento y de lo que le diría a la gente y la verdad es que me sorprendió con sus contestaciones; fue capaz de reconocer que, a lo largo de su vida, había tenido momentos con dudas de fe e, incluso, llegó a pronunciar la palabra solidaridad en lugar de la manida caridad cristiana. Mi primera impresión fue la percepción de un gran avance, en una de las instituciones universales más conservadoras, puesto que nunca había oído a la alta jerarquía de la Iglesia manifestarse de esa forma; con el reposo y la reflexión que da el tiempo mis expectativas se mantuvieron en el comentario de las dudas de fe y menguaron en el tema de la solidaridad quedando, en él, el “gran avance” reducido a un avance sin más. Con todo el respeto del mundo, similar al que siento por cualquiera de los mortales de este planeta, me gustaría trasladarle a Francisco unas reflexiones de lo que significan para mí esas dos palabras tan distintas, aunque muchos crean que son sinónimas, LA CARIDAD Y LA SOLIDARIDAD.
Si nos dirigimos a un creyente del cristianismo y le preguntamos que significa para él la caridad tendremos muchas posibilidades de que nos conteste que es una de las virtudes teologales, pero habitualmente no va a profundizar más o, como mucho, te va a decir que ayudar a un necesitado en un momento concreto es practicar la caridad cristiana, pero su concepto no va más allá; no se plantea el futuro de esa persona y como puede solucionárselo, simplemente busca ayudarle en ese momento concreto y siempre desde la vertiente de su bondad y sus posibilidades superiores a las de él. Por supuesto que en ningún momento se le ocurre plantearse si él ha colaborado, con su actitud activa o pasiva, para que esa persona y muchas más estén en esa situación de necesidad; en definitiva está olvidando la definición de caridad (amar a Dios y al prójimo como a nosotros mismos) con la cual se aproximaría un poco más a la solidaridad.
La solidaridad lleva consigo un concepto nuevo; ser solidario es ser corresponsable del funcionamiento de la sociedad y de defender el derecho de todos sus miembros a tener una vida digna y la posibilidad de desarrollar, al máximo, todas sus posibilidades, aunque esté a mucha distancia física de ti y aunque eso signifique que tus ingresos económicos sean menores. Para mí ahí es donde se quedó corto Francisco, habló de solidaridad en este momento con respecto al coronavirus pero, para haber llegado a un gran avance tendría que haberla hecho extensiva a todos los países origen de la emigración (forzada por la esclavitud a la que la civilización occidental, a través de sus intermediarios, somete a sus habitantes) que llega a Europa de forma masiva todos los días. Reconozco que hacer eso, con la audiencia que puede generar, resulta incómodo y difícil pero creo que es lo mínimo que se debería pedir a una persona que se encuentra al nivel de relevancia mundial en el que está él.
El segundo comentario es de Pepa Fernández, en su programa de RNE1, y también se refiere al tema del coronavirus; se refiere a él diciendo que es democrático pues afecta a todos y no existen fronteras que lo paren. En primer lugar me gustaría decir que este virus no afecta igual a todos, castiga mucho más a los indefensos y esos no son precisamente los ricos; en segundo lugar me gustaría oír algo de crítica con la teórica igualdad de oportunidades de desarrollarse de los ciudadanos en la democracia y de la falsa igualdad ante la ley (no olvidemos que el Rey es inviolable y que en este país hay unos 18.000 aforados para cualquier vulneración de la ley frente a un máximo de tres en los países europeos similares a nosotros).
Como podéis ver los comentarios que se hacen ante los medios de comunicación, en momentos como éste, pueden pasar desde los valiosos hasta los que se quedan cortos y, por fin, los que son totalmente falsos, posiblemente hechos para intentar demostrar una relevancia intelectual superior a la de los ciudadanos normales.
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